Marcela no creía que era necesario a hacer lo que Sofía le recomendó. ¿Por qué debía disculparse si él también se alteró? Pero, luego de pensarlo por más de media hora, se alistó y salió sin ganas de su habitación.
—Señor Arias, quiero hablar con usted —dijo después de tocar la puerta de su intérprete, pero él no atendió.
Por un instante contempló el volver a encerrarse, pedir comida al cuarto y esperar a que dieran las seis. Seducida por esa idea, dio un corto paso hacia atrás, pero el silencio que imperaba la llevó a volver y tocar una vez más. Fue con ese segundo llamado que se percató de que la puerta estaba entreabierta.
La duda de si él seguía allí se estacionó en su pecho. Lo último que quería era enterarse de que se fue del país sin siquiera decirle, así que, con un suave empujón, movió la puerta. Entró sigilosa, sin tener en cuenta el peligro que podía amenazarla. Prestó atención al lugar por si hallaba una nota de despedida, pero el leve goteo del agua que advirtió le indicó dónde se hallaba el hombre que buscaba.
Sin detenerse a meditar, se dirigió hasta el cuarto de baño que también tenía la puerta entreabierta.
—Señora Arias, ¿está usted ahí? Le he llamado dos veces. Debería tener más cuidado, no cerró bien las puertas —le avisó enérgica desde la entrada, pero el blanco del vapor no le permitía ver bien—. ¡¿Señor Arias?!
La ausencia de una respuesta la convenció de que tenía que entrar y cerciorarse de que estaba bien. Era su empleado y su responsabilidad ya que viajaban juntos. Su mente listó distintos eventos trágicos y, movida por el irreconocible temor, caminó más. La habitación de baño era amplia y tuvo que adentrarse. ¡Fue allí donde lo encontró! Recostado en la tina de baño rodeado de espuma. El agua corría lento por su rostro, serpenteando por su cuello y sus marcados hombros. Parecía tan relajado, o tal vez dormido porque tenía la cabeza recargada sobre la orilla de la tina, que sus ojos cerrados se abrieron de golpe al sentir una presencia.
—¡Pero ¿qué?! —soltó asustado al ver la silueta detrás de él. Todas esas películas de suspenso que había visto por años no ayudaban a calmar la angustia que de pronto sintió. De un tirón se quitó los audífonos que impidieron que escuchara y enfocó la vista. Su cuerpo era inconfundible y la reconoció. La situación le pareció demasiado incómoda, así que solo soltó un suspiro y se quedó callado.
—Vine a decirte que... quería hablar contigo... Y no cerraste bien —su voz salió apenas como un susurro gracias a la vergüenza, pero también a la excitación que lo que veía le causó. Llevaba un buen tiempo sin poder disfrutar de esa manera a un hombre como él, y aunque quiso ignorarlo, no logró sepultar el deseo que de pronto invadió todo su ser. Sus ojos eran incapaces de desviarse y su corazón retumbó tanto que podía oírlo.
—Lo siento, no me di cuenta. Estaré listo en diez minutos.
Max se quedó esperando a que ella se fuera para poder salir y vestirse.
Marcela tardó dos segundos más en girarse. En ese momento algo se encendió en su interior como si tuviera un interruptor. Por años se había negado sentir atracción por alguien más joven, sus parejas siempre eran por lo menos cinco años mayores, pero también se consideraba un ser humano con necesidades que, con esa indiscreción, rayaron en lo salvaje. Necesidades que afloraron esa mañana en la habitación de su intérprete.
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El Intérprete ©
Storie d'amoreLa repentina crisis económica que sufre la familia de Maximiliano Arias, un estudiante aspirante a actor, lo lleva a buscar empleo para poder costear el último semestre de su carrera. En un golpe de suerte es contratado como intérprete de la seducto...