El brillo de la mañana que se coló por la ventana que tenía enfrente lo deslumbró. Los cambios de horario pasaban a ser parte de las cosas que detestaba. Era tiempo de levantarse y Max quería dormir un poco más, la cama se sentía demasiado cómoda, así que tuvo que obligarse a salir de allí. Una vez presentable, se encaminó hacia el comedor y encontró a su jefa sentada con una taza de café enfrente y su celular en la mano.
—Eloísa preparó ajiaco, ¿te gusta? —le preguntó animada al escuchar sus pasos, incluso soltó el teléfono y prestó atención a él.
—No tengo idea de qué sea, pero hasta ahora he sobrevivido a tus recomendaciones —respondió sin dejar de mirarla y ambos sonrieron, luego se sentó a su lado.
Para su sorpresa ella todavía tenía puesta su pijama, sin maquillaje y su cabello se mantenía recogido en un chongo desaliñado. Era la primera vez que la veía así, con esa sencillez, y le fascinó poder conocerle dicha faceta.
—Hemos venido a supervisar unas grabaciones, mi padre me lo encargó y deben quedar excelentes —le informó, pero esta vez sonaba más relajada—. También tenemos que ir a un par de eventos para la promoción del corto con el que vamos a participar en varios festivales importantes. Por suerte ahorramos una buena cantidad de dinero con lo del hotel y me gustaría invitarte un outfit en agradecimiento. ¿Te parece si vamos a las tiendas terminando de desayunar? Mañana hay un pequeño preestreno de un largometraje. No pensaba ir, pero ya que estamos aquí me gustaría provocar envidias —lo último lo dijo observándolo de reojo para hacerle saber que se refería a él.
—Como mandes —aceptó sin mucho ánimo.
No le agradó que ella se ofreciera a comprarle más ropa, sintió que lo veía como alguien incapaz de hacerse de sus propias cosas. Pero sabía que eso no duraría demasiado porque planeó que, al recibir su primer pago, enviaría una buena parte a su hermano para ayudar a sus padres y con el resto le pagaría a Marcela.
Después de desayunar salieron para rentar un coche y se dirigieron hasta una plaza donde había varias tiendas. Entraron directo a una para caballeros.
Su jefa le pidió al chico que los atendía que le llevara unas cuantas prendas que fue señalándole según su gusto. El joven volvió en diez minutos con las tallas correctas.
—Pruébate esto. —Le dio un conjunto que armó—. Y sales para que te vea.
—Tus deseos serán cumplidos. —Max hizo una reverencia burlona. Entró al probador, se puso la ropa y salió tal como su jefa le indicó. Ni con su mamá llegó a hacer una cosa similar, pero con ella no podía negarse.
—¡Bien! Se ve muy bien —dijo complacida. Estaba sentada en un sillón de espera y sus ojos no dejaron de inspeccionarlo—. Ponte la otra corbata, creo que le va mejor.
Mientras él se quitaba la que ya llevaba puesta, una pareja canadiense se acercó a la salita de espera para que el esposo entrara al probador. La mujer que se quedó se sentó dos sillas atrás de ellos y se mantuvo concentrada en el extranjero que tenía justo enfrente. Parecía estar en sus cuarentas, de complexión delgada, alta, pelirroja y de grandes ojos verdes.
—Acabas de atraer su atención —se atrevió a evidenciar Marcela sin señalarla, imaginó que la mujer no entendería el español—. Es una lástima.
Max comprendió la indirecta y echó una mirada discreta.
—¿Por qué es una lástima? —quiso saber él mientras se acomodaba el saco, viéndose en el espejo de cuerpo completo.
—Porque es obvio que es mayor que tú —respondió, pero advirtió que él dibujó una media sonrisa pícara—. ¿Por qué la expresión?
Él resopló.

ESTÁS LEYENDO
El Intérprete ©
RomanceLa repentina crisis económica que sufre la familia de Maximiliano Arias, un estudiante aspirante a actor, lo lleva a buscar empleo para poder costear el último semestre de su carrera. En un golpe de suerte es contratado como intérprete de la seducto...