Capítulo 4

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El cuerpo sin vida cayó rendido al suelo, la sangre salpicó el rostro del pelinegro con la suavidad de una llovizna en verano. Sonrió encantado, disfrutando del miedo que flotaba en el aire y del hermoso paisaje a su alrededor a pesar de la oscuridad.


Una electrizante sensación de satisfacción recorrió su columna vertebral escabulléndose entre sus entrañas, emoción que solo sentía cuando jugaba. Todo era perfecto. La tenue luz lunar que se filtraba entre los enormes ventanales le era abrasadora, el silencio abismal de aquella construcción, su cuerpo desnudo entintado en carmín, la ferviente sed que portaba y los espectadores portadores de túnicas y antifaces con el miedo destilando por sus poros, era simplemente excitante.

Levantó la mirada, posando sus rojizos ojos sobre el lucero nocturno.


Inhaló profundamente, sus fosas nasales fueron penetradas por el intenso olor a sangre fresca, llenándolo de satisfacción dibujó una sonrisa victoriosa, desvío la mirada a sus costados, observando la pila de cadáveres que ahí aguardaban.

—¡Salgan! —ordenó tajante hacia los espectadores.


En cuestión de segundos las personas abandonaron y antes de que el salón quedará en completa soledad uno de los presentes se acercó rápidamente, ofreciendo una bata negra con la que cubrió la sublime desnudez del satánico, tras ello el asistente procedió a retirarse.


La mirada del ser recorrió nuevamente el lugar, arrugó la nariz al ver el desastre que le rodeaba. Ladeó su cabeza antes de inclinarse hasta poder acariciar el rostro del cuerpo inerte, su mirada terminó perdiéndose en los ojos vacíos, sin vida, los labios morados y la piel brillosa manchada de sangre.


—¿Satisfecho? —preguntó burlón, mientras recorría con sus húmedos dedos los fríos labios del castaño —. Que tengas una larga vida en el infierno, Adham


Sonriente retomó su postura soberbia, comenzando a caminar por encima de los cadáveres que decoraban el suelo, fascinado por su pequeño festín de medianoche, abandonó el salón y se aventuró entre los pasillos de aquella vieja construcción, dejando a su paso un camino rojizo.


—¿Alguna vez tendrás suficiente? —musitó socarrón una voz a sus espaldas.


—¿Y tú quién te crees para opinar? —contestó girándose a confrontar al hombre de cabellos grises y piel pálida.


—Tu mano derecha —afirmó soberbio y con una sonrisa ladina.


Intimidante el pelinegro se dirigió a paso lento hasta el peligris.

—No olvides que eres tan solo un sirviente de mi padre —murmuró peligrosamente cerca de los labios contrarios.


—Lo tengo muy claro, Jeon.


—Pues no parece —el peligris carcajeó, para después con firmeza sujetar por la cintura al mayor importándole poco que estuviera bañado en sangre.


—No intentes provocarme Kook —advirtió, a lo cual en respuesta el pelinegro sonrió pícaro.

Pecado Concebido [TaeKook]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora