Capítulo 14

270 21 3
                                    

Cuando me despierto, no sé qué hora es.
He dormido como un lirón, y noto que huele a café.
Miro a mi alrededor y, en la oscuridad, diviso la maleta sin deshacer y las cortinas corridas.
¿Corrí las cortinas cuando me acosté?
Cojo el móvil y, al comprobar que no tiene cobertura, doy un salto en la cama.
Miro el reloj: las once de la mañana.
Seguro que Sasori me ha llamado.
¡Mierda!
Rápidamente abro la maleta, saco una camiseta diferente de la que llevaba el día anterior y me pongo unos vaqueros y unas zapatillas de deporte.
Una vez termino, hago la cama.
Nadie puede saber que yo duermo allí. 
Todos deben creer que dormimos en la cama de Sasuke.
Cuando salgo al salón de la cabaña, no hay nadie. Me asomo con cuidado a la habitación de Sasuke, en la que ya está hecha la cama y, cuando regreso al salón, veo sobre la mesita una nota que dice:
Hay café hecho y galletas sobre la encimera. Estaré por el rancho, cielo.
¡¿Cielo?!
Sé que es por si alguien lee la nota, pero me gusta. Me gusta leerlo.
Rápidamente entro en el baño, me lavo los dientes, me recojo el pelo en una coleta y, cuando salgo, las tripas me rugen.
Tomo café y pruebo las galletas que encuentro. ¡Están buenísimas! Las miro e intento adivinar los ingredientes. Sin duda las ha hecho Mikoto, y anoto mentalmente que he de pedirle la receta.
Una vez termino de desayunar, cojo  el móvil, abro la puerta de la cabaña y me quedo totalmente flasheada.
Esto es precioso. Impresionante.
Frente a la cabaña hay una cerca blanca y, tras ella, los caballos más preciosos que he visto en mi vida.
Bueno, la verdad es que tampoco he visto muchos caballos ni entiendo de ellos, pero ¡éstos son increíbles!
Los hay blancos, negros, marrones, grisáceos, con manchas. Grandes, medianos, pequeños. ¡Esto es Caballolandia!
De pronto veo a la rubia de la noche anterior —la ex de Sasuke, que ahora es la mujer de Izuna— y, cuando pasa cerca de donde yo estoy, sonrío y la saludo con la mano.
—Hola, ¡buenos días!
Ella me mira. Su gesto sigue tan serio como la noche anterior, y simplemente me devuelve el saludo con un movimiento de la cabeza y continúa su camino. Pero ¿yo qué le he hecho a ésta?
La veo alejarse. ¡Menuda idiota, la tía!
Vuelvo a mirar los caballos. Los observo atontada pero entonces me fijo en dos de ellos, que son especialmente preciosos. Uno es blanco y negro y el otro marrón y blanco, con las crines, las patas y la cola blancas. Los contemplo alucinada. Esos caballos son diferentes de todos los que los rodean, y comienzo a llamarlos como suelo llamar a los perrillos. Y, como es lógico, ni se aproximan a la cerca ni me hacen el más mínimo caso.
Los estoy observando abstraída cuando oigo un ruido de cascos cerca de mí. Me vuelvo y me encuentro con la abuela de Sasuke.
—Buenos días, señora —la saludo con una sonrisa.
Desde lo alto de su montura, la mujer me mira con un gesto que soy incapaz de descifrar y suelta: 
—Lo serán para ti.
Y, sin más, se aleja.
Joder..., joder... Menudo recibimiento me están dando esas dos.
De nuevo centro la atención en los caballos, hasta que veo a un potrillo grisáceo detrás de su madre y me acuerdo de mi niña. Tengo que llamar a Sasori.
Rápidamente, me alejo de la cerca y me encamino hacia la casa grande.
En el trayecto, disfruto de todo cuanto veo, y me fijo en varios hombres que trabajan al fondo en algo que parece ser un granero o un establo. Sigo mi camino y los vaqueros que se cruzan conmigo me miran con curiosidad y todos me saludan tocándose el sombrero. Eso me hace gracia, ¡qué galantes!
De pronto oigo que alguien me llama y, al mirar, me encuentro con Itachi, el hermano de Sasuke, montado en un caballo no muy lejos de mí.
—¡Sasuke está en el establo! —me dice a gritos.
Asiento. Le doy las gracias como puedo y, cuando miro en la dirección en la que me ha señalado, diviso el viejo establo y me encamino hacia allí. Pero entonces parpadeo, me llevo la mano a la frente y, con todo el disimulo que puedo, murmuro:
—Ay, Diosito... Ay, Diosito...
Ante mí aparece el cowboy más sexi del mundo mundial. No le falta detalle: sombrero claro, cinturón de hebilla plateada, camisa de cuadros rojos, pantalón de infarto y botas vaqueras.
¡Madredelamorhermosodivinoyapetitoso!
Sasuke está saliendo del establo montado sobre un precioso caballo pardo, mientras habla con otro vaquero y yo siento que estoy al borde del infarto.
Cuando llegan ante mí, el vaquero que no conozco me saluda llevándose una mano al sombrero y se aleja, mientras mi cowboy preferido baja del caballo con agilidad y, acercándose, me exige:
—Dame un beso.
—¿Qué?
—Eres mi novia. Dame un simple mua; si no lo hacemos, sospecharán.
Bueno..., bueno..., ¡qué disgustazo tener que darle un mua!
Y, con gesto molesto, suspiro:
—De acuerdo.
Sasuke sonríe, se agacha y me da un piquito rápido.
Aisss, qué rico.
Cuando se separa, pregunta al tiempo que sujeta las riendas de su caballo:
—¿Has dormido bien?
Asiento mientras pido a todos los santos que no se me caiga la baba.
Su caballo pardo es precioso y, sin tocarlo, no me vaya a dar un mordisco, le pregunto:
—¿Es tuyo?
Sasuke acaricia con cariño el hocico del animal.
—Sí —dice—. Es Furia. Mi yegua.
¡Dios, qué mono, cómo le sonríe al animal!
Cualquier día este hombre me provoca un ictus. Reponiéndome para que no note lo imbécil que soy, lo miro y, tras asentir, le enseño el móvil y digo:
—Necesito cobertura. Seguro que Sasori ya me ha llamado.
En ese instante, un hombre se acerca a nosotros con unos planos en la mano.
Sasuke les echa un vistazo y luego indica:
—Sí, Charles, el techo del nuevo granero va cruzado por vigas oscuras.
Cuando el hombre se marcha, Sasuke me explica:
—Están construyendo un nuevo granero. El otro se quemó hace un par de meses porque lo alcanzó un rayo. —Al ver que sigo con el móvil en la mano, dice—: Dame dos minutos, que llevo a Furia al establo y luego te acerco a Hudson en la camioneta para que llames.
Asiento. Le doy dos minutos y todos los que quiera y, mientras se aleja con su temple a lo John Wayne en dirección al establo, lo escaneo en profundidad sin poder remediarlo.
Madre mía, qué estilazo tiene andando.
Acalorada, me doy la vuelta. Mejor dejo de mirarlo o, al final, se me caerá la baba. Entonces me encuentro con dos vaqueros de esos curtidos por el sol que, tras bajarse de sus caballos, se quitan los sombreros, y el más alto y de pelo castaño se dirige a mí:
—Señorita, nos han dicho que es usted la novia de Sasuke y queríamos presentarle nuestros respetos —y, acercándose, me tiende la mano e indica —: Soy Gaara.
—Y yo Chino —dice el otro.
—Mi nombre es Sakura. Encantada de conoceros —digo mientras les estrecho la mano.
Acostumbrada a dar besos, me extraño: ¿allí no se besan?
Al ver los caballos que traen, me acerco y los hombres me explican todo lo que les pregunto mientras les acaricio la cabeza a los animales con cierto respeto. Los escucho encantada. Me gusta el acento que tienen esos tipos y, cuando estoy riendo por una gracia que hace chino, Sasuke llega hasta nosotros y los saluda con cordialidad.
—chino.gaara.
Ellos le sonríen a modo de saludo y Sasuke dice entonces, cogiendo mi mano:
—Tenemos que irnos, cielo.
Me despido de los dos hombres con una sonrisa y camino a grandes zancadas a su lado hasta llegar a una camioneta gris. Pienso si contarle mi bonito encuentro con su cuñada y su abuela, pero finalmente decido omitirlo; ¿de qué va a servir?
Una vez nos subimos, Sasuke arranca el motor y veo que Mikoto nos hace señas para que la esperemos.
—Buenos días, Sakura, ¿has descansado? —me pregunta cuando llega hasta nosotros.
—Sí. ¡Buenos días! —respondo sonriendo.
—¿Vais al pueblo?
—Sí, mamá —contesta Sasuke y, tendiéndole la mano, dice—: ¿Qué quieres que compremos?
Mikoto me entrega entonces un sobre y le tiende un papelito a su hijo.
—Ésta es la invitación de la boda, Sakura —explica—. En ese papel he escrito lo que necesito, Sasuke. Pásate por la tienda de bee, dale ese papel y, ya sabes, dile que lo ponga todo a la cuenta de los Uchiha; ¿de acuerdo, hijo?
Sasuke se guarda el papel en el bolsillo de su camisa de cuadros y asiente.
Cuando arranca de nuevo el motor, me despido de Mikoto con la mano y, mirándolo, pregunto:
—¿Uchiha?
—Me llamo Sasuke Uchiha. Ése es mi apellido, ¿no lo sabías?
Sonrío. Hasta el apellido es sexi: ¡Uchiha!
Salimos del rancho y Sasuke mira el sobre que llevo en la mano.
—La tarjeta de boda de mi hermano —comenta.
Curiosa, lo abro. Es la típica tarjeta de boda, la verdad es que más sosa no puede ser. Entonces, de pronto, suelto una risotada y durante un rato no puedo dejar de reír como una tonta. Sasuke finalmente me mira.
—Vaya. Nunca pensé que una tarjeta de boda fuera tan divertida.
Cuando se me pasa el ataque de risa y guardo la invitación, veo que él señala la carretera.
—Si quieres venir alguna vez sola al pueblo, únicamente tienes que salir del rancho y coger la carretera a la derecha.
Después, ve todo recto hasta llegar a Hudson.
Asiento. El camino parece fácil.
Suena música en la radio y Sasuke, tras subir el volumen, comienza a canturrear la canción. No la he oído en mi vida. Es country.
—¿Quién canta? —pregunto.
—Alan Jackson, ¿lo conoces?
—No —digo, y añado sonriendo—: La verdad es que no tengo ni idea decountry.
Él sacude la cabeza.
—Aquí te vas a hartar de oírla.
Asiento y escucho la canción.
Es muy agradable y bonita y, cuando acaba, el locutor dice el título: Here in the Real World. Luego comienza a sonar otra algo más movida; se llama We Were Us.
—¿Tampoco conoces a Miranda Lambert y a Keith Urban? —pregunta Sasuke.
Niego de nuevo con la cabeza. Él sonríe y afirma levantando una ceja:
—Pelirosa, que no se enteren por aquí o te lo harán pagar.
Me río.
—Eh..., que tú tampoco conoces a cantantes españoles, ¡no vayas de listo!
—Conozco a Ino —replica—, ¿ella no es española? —Asiento divertida—. Y también conozco algo de ese cantante que interpreta el tema ese de los vecinos de la playa que se encuentran un perro y lo cuidan; ¿sabes cuál digo?
Suelto una carcajada. Pobre..., pobre..., qué mala soy.
Sigue creyendo que la canción No existen límites va sobre lo que le conté. Pero, no dispuesta a sacarlo de su error, lo corrijo:
—Luis Miguel no es español.
En ese instante entramos en Hudson y Sasuke comienza a explicarme curiosidades del pueblo. Aparcamos, nos dirigimos a pie a una cafetería y mi móvil, que parece revivir, empieza a sonar. En décimas de segundo, veo que tengo tres llamadas perdidas de Sasori y cientos de mensajes de mis amigas.
Cuando entramos a tomarnos un café, me apresuro a llamar a mi ex. Tras dos timbrazos, lo coge y, después de saludarme, me pasa enseguida a mi niña. 
Sentada en la cafetería junto a Sasuke, hablo con ella durante varios minutos y río por las cosas que me cuenta.
Pero, como siempre, Sarada se cansa de hablar y, cuando le devuelve el teléfono a su padre, le explico que donde estoy no hay cobertura y quedo con él en que me llame lunes, miércoles y sábados de once a doce.
Cuando cuelgo, me doy cuenta de que Sasuke ha estado bromeando con la camarera y ella no ha parado de hacerle ojitos.
—¿Todo bien con tu Gordincesa? — me pregunta.
—Sí —afirmo encantada.
Sasuke, que me mira, me acerca el café para que me lo tome.
—Feota —dice entonces—, me encanta cuando sonríes así.
¡¿Feota?! ¿Cómo que feota?
Y, divertido al ver mi cara, cuchichea:
—Como no te gusta que te llame preciosa, quizá feota...
Le doy un puñetazo en el hombro con todas mis ganas.
—Atrévete a repetirlo y lo lamentarás.
Sasuke suelta una carcajada. Me repite mil veces que es una broma, pero yo no me río. De pequeña era la feota de la familia y no me gusta recordar eso.
Sin decir nada, cojo mi café y me lo bebo de un tirón. En ese instante él deja de mirarme y, tras levantarse, va a saludar a un hombre que entra en la cafetería.
A su paso, me doy cuenta de cómo las mujeres se vuelven para mirarlo.
Madre mía..., madre mía, al parecer, no soy la única que lo ve como un pedazo de tiarrón. Los pantalones vaqueros con esa hebilla plateada que le cierra el cinturón le quedan de muerte, y el sombrero claro sobre su pelo oscuro ya es matador.
Mientras habla con el que debe de ser su amigo, dejo de pensar en eso y miro de nuevo mi teléfono. Tengo varios mensajes de mis amigas. Los leo y me río.
Pero ¿cómo están tan locas?
Pienso en ellas. Las imagino sentadas en las preciosas hamacas que Minato Uzumaki tiene alrededor de la piscina en su casa de Puerto Rico y sonrío. ¿Debo contarles que en el rancho creen que soy la novia de Sasuke?
Medito durante unos segundos y al final decido que no. Si les cuento eso, las voy a alterar demasiado.
Vuelvo a mirar a Sasuke y decido hacerle una foto con el móvil sin que se dé cuenta. A continuación, abro el grupo de wasap que tengo con mis locas y escribo:
No he vuelto a gritar «¡Viva Wyoming!».
Por cierto, en el rancho no hay cobertura. Sólo podré responderos lunes, miércoles y sábados de once a doce, que estaré en un lugar donde la hay. Ya os contaré, pero de momento os mando esta fotito. ¡No babeéis mucho!
Acto seguido, inserto la foto de Sasuke, en la que más guapo y sexi no puede estar. Bueno, sí, quizá desnudo y con el sombrero vaquero, pero eso no creo que lo vea, y mucho menos enviaría esa foto.
Envío el wasap y, dos segundos después, mis amigas responden verdaderas barbaridades y yo me tengo que reír. No puedo remediarlo.
—Y esas risas, ¿a qué se deben?
Al oír la voz de Sasuke, guardo el móvil y afirmo con guasa:
—Mis amigas, que están locas.
Vuelve a sentarse a mi lado.
—Doy fe. Os conozco a todas y ¡sois temibles!
—Ehhhh —digo dándole otro puñetazo en el hombro.
Al recibir ese nuevo golpe, Sasuke me mira.
—Oye, lo de feota de antes era una broma, ¿vale?
—Vale —asiento sin querer darle más importancia.
Instantes después, la camarera se acerca de nuevo a nuestra mesa y nos pregunta si queremos más café. Cuando decimos que no, se retira y, sin poder remediarlo, cuchicheo:
—Pues veo que por aquí también son descaradas mirando.
Sasuke mira a la joven, que, por mucho que me jorobe, es guapísima y, enseñándome un papelito, dice:
—Me ha dado su teléfono.
¡¿Cómo?!
¡Pero será descarada!...
Eso me molesta. No me hace ni pizca de gracia que otra ligue con el chico con el que estoy delante de mis narices, aunque no sea mi novio. Sin embargo, disimulo la frustración que siento, sonrío y digo:
—Y ¿la llamarás?
—Seguramente, es una preciosidad.
Lo miro boquiabierta.
Aquí, supuestamente, soy su novia; ¿cómo que la va a llamar?
Y, sin poder evitarlo, le clavo la mirada y siseo:
—Vamos a ver, Caramelito; si me entero de que llamas a esa o a cualquier otra fémina mientras yo estoy aquí haciendo el papelazo de mi vida, te juro que lo vas a lamentar, porque no pienso ser el hazmerreír de nadie, y mucho menos voy a consentir ir arañando techos con la cornamenta,  ¿entendido?
Mis palabras le hacen soltar una carcajada y, tras arrugar el papel y meterlo en su taza vacía, afirma:
—Ésa es la actitud, Pelirosa. Necesito que seas la novia perfecta o sospecharán. Debemos estar compenetrados en todo lo que hagamos o enseguida levantaremos comentarios, y eso es justamente lo que no quiero.
¿Que necesita que sea la novia perfecta?
Bueno..., bueno, lo que me ha dicho.
Tengo dos opciones: cruzarle la cara por haber tonteado con la camarera delante de mí o todo lo contrario. Y, con todo el descaro del mundo, al ver cómo la rubia nos mira, acerco mi boca a la suya, paseo la punta de mi húmeda lengua por sus labios y, tras finalizar el instante con un piquito sabrosón, murmuro:
—Será divertido jugar a ser los perfectos novios.
Lo que acabo de hacer lo confunde.
Éste no sabe con quién está jugando. No esperaba esa reacción y, tras pensar lo que va a decir, suelta:
—Juguemos, pero...
—Lo siento, vaquero —lo corto con mi chulería habitual—, pero los «peros» en este juego no valen. O lo hacemos bien, o lo hacemos mal. Si soy tu novia, he de poder tomarme estas licencias en público, ¿no crees?
Me observa. Me encantaría saber qué es lo que piensa. Creo que lo que acabo de hacer no le ha hecho mucha gracia pero, oye..., ¡que se jorobe! ¿No quiere una novia?, ¡pues toma novia! A ver si se va a creer que aquí sólo juega él.
Se dispone a replicar cuando, de pronto, oímos que alguien dice a nuestras espaldas:
—Sasuke...
Nos volvemos y veo cómo a él se le descompone la cara por segundos. Se levanta. Yo me levanto también. Ante nosotros está una belleza fresca y pelirroja de ojos rojos y mirada aniñada que, en cierto modo, me recuerda a Hinata. Ni Sasuke ni ella dicen nada, sólo se miran, hasta que la chica, con una preciosa sonrisa, pregunta:
—¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has regresado?
—Llegué ayer —responde Sasuke.
Y, sonriendo de una manera que pocas veces le he visto, murmura—: Estás preciosa. ¿Qué tal todo por aquí?
Ostras..., creo que acabo de descubrir de quién se enamoró en el pasado.
La pelirroja, que tiene una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida, hace un gracioso gesto con la nariz antes de contestar.
—Gracias, Sasuke, por aquí todo bien.
Sus miradas dicen más que sus palabras. Y siento cómo la respiración de él cambia y, lo que es peor, soy consciente de cómo la mira.
—Sasuke Uchiha, qué alegría verte — oigo que alguien dice entonces—. ¡Qué bien que hayas venido para la boda!
Al mirar, me encuentro con una mujer regordeta.
—No podía perderme la boda de mi hermano, Chiyo —dice Sasuke.
Ambos sonríen y, a continuación, la mujer cuchichea:
—Cuando mi sobrina te ha visto, no nos lo podíamos creer. Sasuke Uchiha aquí, ¡qué alegría! —Luego, mirándome con una sonrisa, me pregunta—: Y ¿tú eres...?
Sasuke, a quien parece que le haya caído un rayo encima, se apresura a cogerme de la cintura y responde:
—Chiyo, Karin, ella es mi novia Sakura —y, mirándome, añade—: Chiyo es la madre de Izumi, la novia de Itachi, y Karin es su sobrina.
¿Su sobrina y qué más?
Bueno..., bueno..., aquí hay tema ¡que te quemas!
Pero, sacando la mejor de mis sonrisas, las saludo y ellas son encantadoras conmigo.
Con curiosidad, observo a mi Caramelito, que se ha quedado congelado ante la pelirroja. Sin duda, entre ellos hay o hubo algo y, por cómo están reaccionando, está más que cantado que todavía queda algo por resolver.
Durante unos minutos, ellos charlan mientras yo escucho, hasta que Chiyo recuerda que han de ir a un sitio y deciden despedirse. De nuevo vuelvo a ver cómo la tal Karin y Sasuke se miran y, cuando las dos mujeres se alejan y veo que mi vaquero mira en su dirección, pregunto curiosa:
—¿Quién es Karin?
—La prima de Izumi.
—¿Sólo la prima de Izumi? ¿O también la mujer de la que te enamoraste?
Sasuke, mi Sasuke, que todavía está recuperándose del encuentro, me mira y sisea:
—No me agobies, ¿vale?
Asiento, es lo último que quiero.
Vuelvo a sentarme donde estaba, justo en el momento en que él se acomoda a mi lado.
Un silencio extraño se instala entre nosotros. Es evidente que la aparición de esa desconocida ha alterado a Sasuke. Deseosa de que me preste atención, le quito el sombrero vaquero y me lo pongo yo.
—¿Qué tal?
Sasuke me mira. Espero que me diga algo bonito, pero el tío suelta:
—Fatal.
Vale. La galantería se la ha dejado en casa, y ver a la pelirroja lo ha puesto de mal humor.
—¿Qué tal si eres más galante conmigo? —gruño—. Eres mi novio.
Su gesto al mirarme no me gusta. En su mirada veo algo que antes no estaba.
—No confundas la realidad con la ficción —dice finalmente bajando la voz —. No soy tu novio de verdad y no necesito adularte.
Joder..., ¡vaya cortazo que acaba de darme el Caramelito!
Sin duda, encontrarse con la guapa pelirroja lo ha removido por dentro.
Me callo. No digo nada y, cuando me veo reflejada en un espejo del fondo del local, suspiro. La verdad es que estoy horrorosa con el sombrero, se me cala hasta las orejas. Se lo devuelvo e intento no perder el buen humor.
—Me encantaría comprarme uno — digo.
—¿Un qué?
—Un sombrero vaquero.
En ese instante, la camarera llega hasta nosotros para retirar las tazas y, al ver la nota con su teléfono en el interior de una de ellas, mira a Sasuke boquiabierta. Él se pone en pie, agarra mi mano y, tirando de mí, me levanta y dice:
—Cielo, vayamos a la tienda de BEE, allí podrás elegir el sombrero que quieras.
¿Le estampo el bolso en la cabeza o no?
Al final, decido no tentar la suerte y no comento nada cuando salimos de la cafetería y lo veo mirar atrás en busca de la camarera.
En silencio, y sin rozarnos, caminamos por las calles de Hudson hasta llegar a una tienda enorme.
Al entrar, un señor regordete sale rápidamente de detrás del mostrador para saludar a Sasuke y éste me lo presenta como bee. Contengo la risa. Es igualito al cazador de los dibujos animados de Bugs Bunny...
Mientras ellos hablan, yo me doy una vuelta por la enorme tienda y alucino. ¡Tienen de todo! Desde latas de sardinas hasta sillas de montar, pasando por camisetas de los One Direction.
¡Increíble!
Me fijo en la sección de calzado.
Eso es el mundo de las botas. Las hay altas, bajas..., y yo, que soy una apasionada de ellas, decido comprarme unas camperas. Las hay de colores claros, oscuros, con espuelas, sin espuelas y, al final, me decanto por unas verde botella; ¡son preciosas! Pienso en llevarme otras chiquititas para Sarada en rosa chicle, pero al final decido comprarlas cuando vaya a irme. Es lo mejor.
¡Qué bonita va a estar mi niña con ellas!
Encantada, camino con las botas en las manos cuando veo los sombreros y me lanzo a mirarlos. Me pruebo varios modelos. Negros, blancos, rojos, de cuero beige..., hasta que encuentro uno en un tono marrón que es una preciosidad y, por lo que veo, es de mi talla.
Decidido.
¡Me lo compro!
A través de un espejo que hay en la tienda, veo que Sasuke viene andando hacia mí, así que me vuelvo y pregunto mientras hago poses:
—¿Qué tal éste?
Me mira.
—Es de tu talla.
Joder, este tío me está trabando.
Pero ¿es que no puede ser algo más caballeroso aunque no sea su novia real? ¿Qué le cuesta decir un puñetero piropo, como le ha dicho a la tal Karin?
Obviando la decepción que siento al ver que no me ve ni siquiera guapa con el sombrero, saco el monedero para pagarlo junto a mis botas. Al darse cuenta, Sasuke se niega. Quiere pagarlo él.
Ni hablar. No pienso permitírselo.
Pero bee y él se hablan con la mirada y, al final, salgo de la tienda sin haber abierto mi monedero.
Mientras metemos las bolsas con las cosas que hemos comprado en la camioneta, murmuro mientras me ajusto mi precioso sombrero nuevo:
—Oye, sé que tu humor ha cambiado a raíz de ver a esa pelirroja en la cafetería, aunque no voy a preguntarte por ella porque...
—Mejor..., no pensaba contestarte.
¡Será borde!
La sangre se me revoluciona. El hecho de que no tenga ningún tacto conmigo me molesta y, mirándolo con ganas de iniciar la tercera guerra mundial, siseo:
—Eres un borde y un idiota.
—¿A qué viene eso?
Lo miro. Este tío es tonto, pero tonto profundo.
—Viene a que...
—Sasuke Uchiha, pero ¡cuánto tiempo sin verte! —me interrumpe entonces alguien.
Un tipo se acerca a nosotros y Sasuke se vuelve y lo saluda.
—Neji Hyuga..., mucho tiempo.
Al volverme yo también, me encuentro con un hombre de la edad de Sasuke. Es alto, con unos ojos grises muy bonitos y una sonrisa de esas que advierten «¡Peligro!» desde veinte kilómetros de distancia.
Ambos se saludan y, tras cruzar varias palabras, veo que el moreno me observa.
—Y esta preciosidad pelirosa, ¿quién es? —dice.
Oír eso me sube la moral; ¡al fin un piropo!
¡Alabado sea el Señorrrrrrrrrrr!
Sasuke me mira —¡joder, ¿tan raro es que me piropeen?!— y, rápidamente, dice agarrándome de la cintura para acercarme a él:
—Neji, te presento a mi novia Sakura.
El vaquero moreno se toca la punta de su sombrero con galantería.
—Encantado de conocerte, Sakura — me saluda.
—Lo mismo digo, Neji —afirmo con una sonrisa.
Durante varios minutos, mientras continúan hablando, soy consciente de cómo me mira el moreno. Desde luego, no se corta un pelo, y cuando nos despedimos comenta:
—Nos veremos con seguridad en la boda de Itachi —y, clavando sus ojos en mí, añade—: Resérvame algún baile, Sakura. Aunque Sasuke sea tu novio, será un placer bailar contigo.
Divertida, le guiño un ojo, hago como si escribiera en la palma de mi mano y digo:
—Reservado.
A continuación, abro la puerta de la camioneta y subo. Sasuke se mete por la otra puerta.
—¡¿Reservado?! —se mofa.
Eso llama mi atención pero, cuando me dispongo a responder, me advierte:
—Procura no guiñar el ojo a los vaqueros aquí o pensarán otra cosa. Y cuidadito con Neji: no me fío de él.
—Pero si le has dicho que soy tu novia.
Sasuke arranca el vehículo y susurra con gesto serio:
—Por eso mismo te lo digo.

Oye Pelirosa , que me ves? Donde viven las historias. Descúbrelo ahora