Ayria_M
La primera vez que la tuve tan cerca, supe que estaba sellando mi propia sentencia.
Isabella era todo lo que yo había olvidado que existía: pureza, calma, una luz que caminaba por las calles de Mondello sin sospechar que el mundo podía ser un lugar podrido. Y yo... yo era la mancha de aceite en el agua cristalina. Era la oscuridad que, por naturaleza, termina devorándolo todo.
Quise alejarla. Lo intenté con una desesperación que nunca antes había sentido. Porque lo correcto -lo único humano que me quedaba- era protegerla de mi propia oscuridad, de estos deseos que no conocen límites y de un apellido que solo sabe a pólvora y sangre.
Pero ¿cómo se renuncia al aire cuando sientes que te ahogas?
La miraba y sentía que el hielo en mis venas empezaba a arder. Su risa era un golpe directo al pecho; su fragancia, un veneno dulce que me hacía olvidar quién era yo y, lo que es peor, quiénes eran mis enemigos. Me obligaba a contenerme, a cerrar los puños hasta que los nudillos sangraran, solo para no tocarla y condenarla con mi rastro.
No merecía la ternura con la que me miraba, como si bajo mi piel no habitara el monstruo que todos temían. Por eso la aparté. La herí con silencios y la rechacé con palabras que me quemaban la garganta al pronunciarlas. No fue por falta de amor; fue porque la quería tanto que prefería verla lejos y a salvo, que cerca y destruida.
Sabía que si la dejaba entrar en mi infierno, las llamas no tardarían en alcanzarla.
Y aun así, la noche en que mi voluntad se quebró, comprendí que el destino se estaba riendo de nosotros. Ella era mi salvación, el único ángel que intenté preservar de mí mismo...
Pero en esta guerra que perdí antes de empezar, descubrí la verdad más amarga:
Ella pudo haber sido mi salvación, pero yo terminé siendo su condena.