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El drama de Shakespeare terminó igual que siempre. «Romeo y Julieta murieron por amor», pensó Maddy, dejando el libro a un lado.
El mundo de Maddy se limitaba a los límites de Nueva York, una ciudad atrapada entre el humo y la fascinación de los extraños. Le aburría ver a los turistas petrificados en Times Square, adorando las pantallas luminosas como si fuesen monumentos sagrados.
Joe era uno de ellos, pero diferente. El joven inglés caminaba por la gran manzana con la curiosidad a flor de piel, absorbiendo el ritmo frenético del lugar. Así fue como la vio: una silueta estática en medio del gentío, mirándolo con una mezcla de cansancio y resignación.
Ninguno de los dos podía leer la mente del otro, pero la conexión fue inmediata. Tras ese cruce de miradas, el deseo de romper la distancia fue mutuo.