ByMLefray
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Él buscaba desesperadamente la manera de olvidarla, pero cada intento era un fracaso estrepitoso. La borraba de sus pensamientos y ella regresaba como un eco imparable, ocupando cada rincón de su memoria. No importaba cuánto tiempo pasara ni cuántas distancias pusiera de por medio: ella seguía siendo el amor de su vida. Sin embargo, la verdad dolía más que cualquier ausencia: mientras él la había puesto en el centro de su mundo, para ella él nunca fue más que una posibilidad que no supo valorar.
Ella, por su parte, cargaba con el peso incómodo de sus propias decisiones. Aún era esa chica insegura, siempre dividida entre lo que sentía y lo que creía conveniente, siempre temerosa de dar el paso definitivo. Pero ahora, en la soledad de sus noches, reconocía sin tapujos que había elegido mal. Que se aferró al chico equivocado por miedo, por costumbre o por simple cobardía, y que el precio de ese error lo pagaban los dos, aunque ella solo comenzara a darse cuenta.
Entre ambos, como un espectador silencioso, había una tercera persona que lo veía todo con claridad y angustia. Le destrozaba el alma ver a su mejor amigo arrastrar ese dolor, reviviendo una y otra vez la misma herida sin cicatrizar. Pero en medio de esa impotencia, algo dentro de él se mantenía firme y obstinado: si su amigo no podía superarla, entonces no le quedaba más remedio que reunirlos de nuevo. Porque, a sus ojos, ellos no eran un error, sino un destino torcido que aún podía enderezarse. Estaban hechos el uno para el otro, y si el tiempo y el orgullo los habían separado, tal vez solo necesitaban un empujón para recordar por qué nunca debieron dejarse ir.