Tharaniel
Hubo un tiempo en que los hombres se engañaron creyendo que el silencio de Dios era misericordia, cuando en verdad no era sino preludio de condena; por desobedecer sus mandatos. Los siglos pasaron, los templos se cubrieron de polvo, y las voces de los profetas fueron convertidas en ceniza. Entonces, de entre los huesos secos del olvido, resurgió un fragmento maldito, un texto arrancado de la misma médula de lo prohibido algo, quienes los ancianos superiores denominaron: "El Evangelio de los Mártires Devorados."
Este no es un relato de esperanza ni de redención, sino la crónica de un mundo que ignoró demasiadas veces las advertencias y terminó por invocar su propio desastre. Entre ruinas sin nombre, ciudades que sangran y altares construidos con costillas humanas, los vivos y los muertos se confunden hasta no ser más que un mismo lamento. No hay héroes, no hay santos; solo el eco de un horror que crece, alimentado por la soberbia de los que lo despertaron; ansiosos de los placeres momentaneos antes que la vida eterna.
Cada página es una herida, cada línea un epitafio. Aquí el terror no se narra, se respira: en el hedor de las aguas negras, en el temblor de la tierra que abre sus fauces, en el susurro de voces que jamás debieron ser pronunciadas. El lector no hallará aventuras ni consuelos, sino una liturgia de la desesperación, una letanía oscura que carcome la voluntad y desangra la cordura.
Y sin embargo... dentro de esta penumbra arde una verdad imposible de negar: el horror es inevitable, la esperanza ha muerto, y lo único que queda es leer las últimas palabras de un evangelio que nunca debió existir.
"[6] Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán; y desearán morir, y la muerte huirá de ellos." Apocalipsis: 9:6
libro inspirado en Levítico 26.