leitojin
La primera vez que estuvimos cerca, el ruido me distrajo. La segunda, fue su indiferencia la que ensordeció mis palabras. Al final, no fue el odio lo que me detuvo, sino la lucidez de saberme invisible para él. Lo dejé ir no por falta de amor, sino por exceso de realidad. Al cerrar la puerta, solo quedó esa frase que sabe a sal y a alivio: así son las cosas.