MissEmYeig
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Josefina (Jose) Vázquez de Seixas (sin tilde en la e, por favor) no pidió ser enviada a un castillo gótico, lleno de ingleses traumados, con una guerra recién terminada, compañeros que se creen dioses y escaleras que dan vueltas sin motivo. Pero aquí está: con un uniforme feo, un hurón con complejo de deidad (y no, no nos referimos a Malfoy) y un sombrero seleccionador que claramente la quería ver pelear.
Draco Malfoy tampoco pidió ser Prefecto con la bruja extranjera que no sabe callarse, no se calla, y no va a callarse. Mucho menos cuando ella lanza hechizos en alemán, murmura cosas en gallego y lo empuja cada dos segundos hacia una crisis existencial con olor a incienso y sarcasmo.
Entre clases, rituales raros, retratos opinando, y un ¡Merlín, de nuevo no! diario, estos dos tienen que sobrevivir a su octavo año... sin matarse. Aunque a veces parece que el asesinato sería una forma viable de coqueteo.
¿El resto del castillo? Un circo. Theo y Luna tienen un romance tan filosófico que a veces olvidan estar en la misma sala. Pansy se cuelga de Harry como si no hubiera guerra, lógica o dignidad. Blaise y Ginny explotan cosas. A veces sin querer. Hermione y Ron fingen que todo está bien, mientras los miran desde una esquina con pánico emocional.
Y Hogwarts, con toda su historia mágica, observa... resignado.
Porque el verdadero final de la guerra no es una batalla. Es un octavo año lleno de caos hormonal, conjuros cruzados, y dos prefectos que se odian tanto como se desean.
Y sí, ambos hurones sobreviven.