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«El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial».
Para Alaia Serra, volver a la preciosa casa de la costa en Valencia no es un motivo de celebración. Tras el trágico accidente que le arrebató a su padre hace menos de un año, el verano ha dejado de ser un refugio. Ahora, cada rincón de la casa blanca, el olor a salitre y el eco de las olas solo le recuerdan la dolorosa ausencia que lleva grabada en el pecho.
Obligada a convivir durante cuatro meses con los Ferrer, la familia amiga de toda la vida, Alaia se promete a sí misma pasar desapercibida, refugiada en sus silencios y en el viejo libro de poemas de Mario Benedetti que su padre le regaló antes de partir. Pero hay cosas de las que es imposible escapar. Y una de ellas tiene nombre propio: Ethan Ferrer.
Ethan ya no es solo el chico con el que Alaia compartía videojuegos y charlas de madrugada. Con dieciocho años, una mirada verde tan intensa como el mar y una presencia que desarmaría a cualquiera, él es todo lo que ella intenta evitar... y lo único que sus ojos buscan cuando entra en una habitación.
Lo que empezó como una tradición familiar inofensiva pronto se transforma en un juego magnético, prohibido y peligroso. Bajo un sol que parece juzgar cada uno de sus secretos, el sentido común se quedará olvidado en la orilla. Alaia sabe que debería huir, pero este verano está decidida a dejar de esconderse en las sombras. Aunque signifique quemarse, está lista para empezar a perseguir el atardecer.