isamarines89
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A los ojos del mundo, eran simplemente compañeros de equipo. Dos pilotos jóvenes con talento, trabajando codo a codo por un objetivo común.
Pero detrás de las sonrisas en las conferencias y los gestos cómplices en el paddock, la historia era muy distinta.
Desde el primer momento en que Oscar Piastri pisó McLaren y sus ojos se cruzaron con los de Lando Norris, la conexión fue fulminante. No solo se entendían bien... había algo más. Algo que no debía nombrarse.
Una atracción inesperada, vibrante, incómoda por su intensidad. Ambos intentaron ignorarla, enterrarla bajo la rutina de entrenamientos, briefings y vuelos compartidos.
Pero la tensión no desapareció. Creció. Se coló en los silencios, en los roces accidentales, en las miradas sostenidas durante más tiempo del que correspondía.
La pista se convirtió en su único espacio para liberarla. Allí, donde las emociones se camuflan como competitividad, esa tensión sexual latente se transformó en rivalidad.
Se desafiaban, se provocaban, se empujaban al límite. Ya no eran aliados: se convirtieron en oponentes, no por el campeonato, sino por el deseo que ninguno se atrevía a enfrentar.