PedroMolinaMoreno
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La sinuosa carretera entre la cintura y la pelvis se batía entre el vello erizado y la lengua masculina recorriendo las curvas e imperfecciones del cuerpo de su amada, su esposa. A pesar de la juventud, ambos se casaron jóvenes porque el amor los condujo por la escarpada carretera a tomar los votos del matrimonio en un siglo en el que existían más divorcios que casamientos. Paró en el Monte, alzó la vista, la lengua volvió a repasar delineando la curva entre los muslos y el bosque podado para la inmersión perfecta y placentera.
Y en El Monte yació, penetró con el machete en mano y amó, recorrió, descubrió nuevos rincones de su amada, la fiel y amorosa Sylvia.
Antonio, el marido fiel y complaciente amaba sin cuartel a Sylvia, la deseaba en silencio cuando hacía la guardia en el cuartel en el que estaba destinado, un acuartelamiento de la Armada en tierra, vaya paradoja.
Sylvia, la amante dispuesta a todo, la soledad de noches y días en el hogar conyugal la devolvía a su estado febril de falta de amor. Necesitaba que él estuviera pendiente de sus apetitos, y cuando más lo necesitaba, él no estaba. A sus veinte y ocho había adelgazado unos cuantos kilos; volvió a verse atractiva frente al espejo y los viejos apetitos regresaron de golpe. En la adolescencia los calmaba con hombres mucho mayores que ella, en la universidad la llamaban Selva, no por lo salvaje de su alma, sino porque era un bosque sin descubrir, una selva virgen para el hombre corriente.
La vida en el campo, el retiro físico del asfalto sumió a Sylvia de nuevo en la pintura, óleo, carboncillo, tinta, todo era válido para pintar y dibujar la vida a través de sus ojos marrones. Para cuando volviera el guerrero, el marido, el amigo el amante, ella abriría los brazos para recibirlo y que así pudiera descansar en los brazos amados.