Manobanparkrl
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El olor a pólvora quemada y sangre fresca me llena los pulmones mientras camino entre los cuerpos de mis hombres. Veinte. He contado veinte cadáveres esparcidos por el suelo de hormigón del almacén, sus trajes negros empapados en rojo carmesí que se extiende en charcos irregulares bajo las luces parpadeantes.
El sabor metálico de mi propia sangre me mancha los labios. Una esquirla de metralla me ha abierto la mejilla, pero el corte es superficial. Insignificante comparado con la masacre que me rodea.
Debería estar muerta.
Camino hacia el centro del almacén, mis pasos resonando en el silencio mortal. Los zapatos italianos hechos a medida se pegan al suelo con cada paso, la sangre ajena manchando el cuero de tres mil dólares. Mis hombres confiaron en mí. Siguieron mis órdenes. Y ahora están muertos porque subestimé a un irlandés de mierda.
La furia y el deseo de venganza arden en mi interior.
El humo del explosivo todavía flota en el aire, mezclándose con el olor a muerte. Las paredes de ladrillo están salpicadas de esquirlas y algo más oscuro que prefiero no identificar. Hace treinta minutos, este lugar era nuestro punto de encuentro para cerrar el mayor trato de armas del año. Ahora es un cementerio.
Saco el móvil del bolsillo interior de mi chaqueta. La pantalla está agrietada, pero funciona. Busco en los contactos recientes hasta encontrar el nombre que hace que la rabia me hierva en las venas como ácido.
Liam Keller.
Marco el número.
-¿Lisa? -La voz del irlandés rezuma satisfacción incluso a través de la distancia-. Esperaba tu llamada.
Mi mandíbula se tensa tanto que me duelen los dientes. Cuando hablo, mi voz sale baja, controlada. Letal.
-Has matado a veinte de mis hombres, Liam. Veinte familias que ahora lloran por culpa de tu traición.