dkhirokh
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Bastó una sola mirada para que el mundo se aquietara. En ese instante, sus corazones se inclinaron el uno hacia el otro, entregándose sin preguntas, como si siempre hubieran sabido a quién pertenecían.
Hay lazos que no nacen del destino, sino una aymokriyä pura: dos almas que, al verse, ya eran del otro.
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