ByNazareth
El me sostenía en sus brazos mientras yo lloraba con miedo,
La nieve caía en silencio, copo a copo, como si el cielo quisiera cubrirnos con una manta blanca para que nadie viera mis lágrimas. Podía escuchar su respiración entrecortada contra mi pelo, sentir cómo su pecho subía y bajaba tratando de calmarme a mí y a él mismo al mismo tiempo. Las luces de las calles se veían tenues, lejanas, apagadas al lado de las luces navideñas que decoraban el lugar: miles de bombillas parpadeando en rojo, verde y dorado, como si la Navidad se negara a dejar de brillar aunque todo dentro de mí se estuviera apagando.
-Estoy aquí, estoy aquí -susurraba él, una y otra vez, como si repetirlo lo hiciera verdad.
Todo comenzó unas semanas antes.
Estaba cansada de mudarme. Cansada de empacar pedazos de mí misma en maletas, de despedirme de lugares que nunca fueron hogar, de empezar de cero cuando lo que quería era parar. Noviembre llegaba y con él la temporada navideña: luces en cada esquina, villancicos en cada tienda, gente sonriendo como si el mundo fuera un anuncio de tarjetas Hallmark. Y yo solo quería silencio.
Ese apartamento lucía perfecto para mi, porque estaba lejos del ruido de la ciudad y porque pensé que, por fin, podría esconderme. Dos maletas, un colchón inflable, y la promesa de no hablar con nadie. No quería fiestas. No quería regalos.
Pero cuando estacioné y alcé la vista, el balcón del vecino -el 2A- parecía un portal a otro universo. Luces de colores parpadeando en cascada por la barandilla, un reno inflable gigante con nariz roja brillante que se mecía con el viento, botas de Santa colgando del borde como si estuviera a punto de bajar por una chimenea invisible.
Rodé los ojos tan fuerte que sentí dolor en la nuca.
Yo tan de sombras, el tan de luz. Yo huyendo, y el aunque no lo supo, me encontró.