Amarlo era ofrecerme en silencio, un sacrificio sin altar, una humillación disfrazada de esperanza, como esperar en vano que una estrella apagada volviera a brillar para mí.
El siempre había sido el malo del cuento, ¿Qué importaba si fingía serlo una vez más?
Al final, sabia que todo iba a valer la pena, incluso si él terminará odiandolo.