ronalgirlfriend
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En el imperio de Kokuen, nadie cuestionaba la existencia del destino.
Desde hacía siglos, los sacerdotes enseñaban que cada persona nacía con un hilo rojo invisible atado a uno de sus dedos. Ese hilo atravesaba el mundo entero hasta llegar a otra persona: aquella con quien, tarde o temprano, compartiría su destino.
Nadie podía verlo.
No importaba cuánto se buscara.
No importaba cuánto se amara a alguien.
El hilo permanecía oculto hasta el día del matrimonio.
Durante la ceremonia, el sacerdote pronunciaba las antiguas palabras sagradas y, por unos instantes, el hilo se hacía visible ante todos los presentes.
Si unía a los novios, el matrimonio era reconocido.
Si no aparecía...
significaba que habían intentado unir dos destinos que no estaban destinados a encontrarse.
Y eso era precisamente lo que estaba a punto de ocurrir en una de las familias más importantes de Kokuen.