Vaniaglaya
El viento de Lys siempre olía a sal y a viejos secretos, pero para Aerion Targaryen desde la muerte de la tía Shiera, el aire solo sabía a pérdida.
Siete años habían pasado desde aquella madrugada en la cabaña familiar, siete años desde que el cuerpo le dolía de una forma extraña y su corazón creía haberse convertido en el dueño absoluto de Duncan Pennytree.
Qué ingenuo había sido, un chico de quince años creyendo en promesas borrachas, en besos arrancados en medio de la desesperación que pensaba eran por él.
Mami, ¿puedo ayudar a ordenar los cristales hoy?, la vocecita aguda y dulce lo sacó de sus pensamientos.
Aerion bajó la mirada, allí estaba Aegon.
A sus seis años cumplidos, era la viva imagen de un Targaryen, con ese cabello rubio platinado que caía en ondas suaves sobre sus hombros, idéntico a él.
Pero cuando el pequeño levantaba la vista el alma de Aerion se encogía: unos ojos azules profundos y claros, eran el sello imborrable del hombre al que Aerion odiaba con cada célula de su ser, Duncan.
Claro que sí, mi amor respondió Aerion con una sonrisa suave, arrodillándose para acomodar el cuello de la camisa de su hijo.
Pero ten cuidado con la amatista, recuerda que se raya fácil.
La tienda esotérica que Shiera les había legado era un refugio de inciensos, runas velas y barajas de tarot.
Shiera había sido una mujer legendaria en Lys, tan hermosa como altiva, y había defendido a Aerion cuando sus propios padres, Baelor y Maekar, lo habían arrojado a la calle por negarse a abortar al fruto de "un error".
Su madre Maekar y su padre Baelor habían preferido la vergüenza social antes que la compasión.
Solo Daeron, su hermano mayor, había intentado buscarlo tiempo después, furioso e impotente al enterarse del abandono de sus padres con su hermano.
Aunque Aerion jamás le reveló el nombre del infame Alfa que lo había marcado.
El pasado siempre vuelve a tocar la puerta cuando crees que has cambiado la cer