Lily_grey43
En 1959, la Academia Welton no estaba hecha para cambios.
Mucho menos para una chica.
Sarah Whitmore llegó desde otra institución con un expediente impecable: calificaciones sobresalientes, recomendaciones entusiastas y una inteligencia imposible de ignorar. Su ingreso no fue una concesión, sino un experimento. Welton decidió admitirla de manera excepcional para evaluar si una estudiante mujer podía adaptarse -y rendir- en una academia tradicionalmente masculina. Su desempeño sería observado con atención. De ella dependería la posibilidad de que otras siguieran el mismo camino.
Pero nadie en el consejo académico anticipó lo esencial.
Sarah no solo cumplía con las expectativas: las desarmaba.
Libre, divertida, empática y brillante, se movía por los pasillos con una seguridad que no pedía permiso. Participaba en clase sin miedo, sorprendía a los profesores con su pensamiento independiente y descolocaba a sus compañeros con una alegría difícil de contener. En el aula, en el teatro o sobre el hielo, Sarah vivía con una naturalidad que contrastaba peligrosamente con la rigidez de Welton.
Su presencia alteró el equilibrio del lugar.
Algunos la admiraron.
Otros se sintieron desafiados.
Y sin saberlo, todos comenzaron a cambiar.