Rizel0505
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Corrió lo más que pudo ignorando el ardor en los pulmones. Empujó su cuerpo al límite, atravesando callejones a toda velocidad y, cuando al fin llegó al edificio de su destino, se lanzó sin dudar hacia las escaleras principales.
Ya sabía dónde estaban.
Subió de dos en dos, sin concederle tregua al cansancio. No importaban los kilómetros recorridos ni el dolor. Lo único que contaba era llegar a tiempo.
Esta vez sí.
Por favor, esta vez sí.
Un zumbido de sierra resonó tras la puerta del cuarto piso. La pateó con fuerza, atravesándola de golpe. El ruido se multiplicó al entrar al piso; golpes, gritos e insultos. Una cacofonía de violencia que anunciaba una batalla en curso. Corrió como un hombre poseído, forzando más su cuerpo. Llegó al fin. Había cerrado cabos, eliminado variables, modificado cada detalle. Pese a los cambios, pese a los nuevos actores en la ecuación... ¡no importaba! Porque estaba a tiempo.
Él-
Giró en la esquina y lo vio: el hombre de la guadaña.
No. No. No.
La cuchilla descendió en un golpe lateral y certero, de derecha a izquierda. Dazai gritó, extendió el brazo en un gesto inútil, la súplica muda de un <detente>, seguido de un nombre que ha dicho muchas veces para este punto. El sujeto de negro no se detuvo, la hoja cortó el aire y, con él, la cabeza del tigre cubierto de heridas.
-¡Atsushi-kun! -la voz de Dazai se quebró, áspera, casi irreconocible.