kwangz_62
En Yucatán hay historias que se cuentan entre risas.
La Xtabay. Los aluxes. El Huay Chivo. Las casas abandonadas. Los caminos donde los abuelos todavía recomiendan no detenerse cuando cae la noche.
Armando, un estudiante de veinte años criado entre las comodidades de Mérida, nunca creyó en ninguna de ellas.
Brian, también de veinte años y originario de Hunucmá, creció escuchando esas historias como advertencias, no como cuentos. Su abuela le enseñó a reconocer ciertas señales, a cargar siempre un pequeño amuleto y, sobre todo, a no responder cuando algo desconocido pronuncia su nombre.
Cuando ambos se conocen en el Tec de Mérida, Armando termina encariñándose con el muchacho reservado y lo integra a su grupo de amigos.
Lo que comienza con salidas, bromas y visitas a lugares abandonados pronto se convierte en algo que ninguno de ellos consigue explicar.
Puertas que aparecen abiertas.
Voces que susurran desde habitaciones vacías.
Sombras que se mueven cuando nadie está mirando.
Sueños que dejan un sabor extraño al despertar.
Y esa sensación insoportable de que alguien está parado detrás de ti...
aunque estés completamente solo.
Porque hay cosas que viven en los lugares que abandonamos.
Cosas que escuchan cuando las nombramos.
Cosas que esperan pacientemente a que alguien las encuentre.
Y cuando Armando y Brian comiencen a descubrirlas, quizá comprendan demasiado tarde que hay puertas que, una vez abiertas, no vuelven a cerrarse.
Y algunas cosas que entran... no vienen solas.