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Cuando Duncan juró proteger a los débiles, no imaginó que el débil sería él.
Cuando Aerion pidió a Duncan, no imaginó que obtenerlo sería el principio, no el final.
Entre ellos, un juramento roto: el de la Guardia Real, que debía servir con la espada y terminó sirviendo con el sexo. El de los padres, que debían proteger al hijo y terminaron protegiendo al monstruo. El del caballero, que debía amar solo a los dioses y terminó amando a su verdugo.
Esta es la historia de cómo un hombre fue entregado como regalo.
De cómo un príncipe aprendió que poseer no es tener.
De cómo las noches se llenaron de cuerpos que se buscaban sin encontrarse, de gemidos que no eran de placer, de silencios que pesaban más que las palabras.
Porque en esta historia, nadie es inocente.
Nadie es completamente culpable.
Y el amor, si llega, llegará como llega todo en Poniente: demasiado tarde, demasiado caro, demasiado roto.