Ellenandme
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Mike Wheeler, dieciocho años, ve morir a su padre en un sofá podrido de Youngstown, Ohio. Cáncer de pulmón. Sin lágrimas, solo rabia. Lo único que queda: una foto del Pontiac GTO '67 que su madre robó hace diecinueve años y se llevó a Tampa con su nuevo marido de mierda. Mike decide recuperarlo. A golpes si es necesario.
Arrastra a Will Byers, su mejor amigo -o lo que sea que son cuando las luces se apagan-, el callado con cicatrices de un padre que lo molía a palos. Roban una Chevy S10 a Troy Walsh (el cabrón que le rompió la nariz a Mike por lo de su hermana y el bebé perdido), parten madres con un bate de aluminio hasta dejarlo sangrando en el piso de su propia cocina. Luego salen a la carretera: mil doscientas millas de asfalto roto, cerveza derramada y moteles donde el olor a sudor y sangre se mezcla.
Entre puñetazos que crujen costillas, narices que explotan en rojo y confesiones susurradas mientras curan heridas con alcohol barato, la tensión entre ellos quema. Miradas que duran demasiado, toques que empiezan como broma y terminan en besos brutales contra la pared de un baño público, sexo rápido y rabioso en la caja de la camioneta con el motor aún caliente. No hablan de eso. No hace falta. Cada golpe que Mike recibe, Will lo devuelve el doble. Cada vez que Will se cierra, Mike lo rompe un poco más con palabras o con manos.
Huyen de la policía, de familias tóxicas y de la mierda que los crió. Pero el verdadero peligro no está en la carretera: está en lo que sienten el uno por el otro. Porque en este viaje, el amor duele más que cualquier madriza y la lealtad se paga con sangre.