cosasdistintas
La noche estaba cargada de tensión.
El aire se movía con violencia, levantando hojas y ramas a su paso. La magia de Salen chispeaba alrededor de sus manos, pero su cuerpo estaba agotado.
Frente a ella, con la calma fría de un depredador, estaba Niklaus Mikaelson.
-¡Estoy harta, Klaus! -dijo Salen, respirando con fuerza-. Deja de intentar controlarlo todo. No soy tuya y no quiero seguir así.
Klaus apretó la mandíbula.
-Entonces acata mis reglas, Salen -dijo, con voz baja y cortante-. O enfrenta las consecuencias.
-Nunca... obedeceré a nadie -susurró Salen, con firmeza y agotamiento-. No permitiré que nadie decida por mí...
Un instante después, Klaus avanzó. La espada cortó el aire y se hundió en su pecho.
Fue rápido. Demasiado rápido.
El corazón de Salen dio tres latidos violentos... y luego se detuvo.
Antes de cerrar los ojos, susurró algo apenas audible, una palabra fragmentada que Klaus no entendió del todo. Fue suficiente para que supiera que existía un camino, algún día, para traerla de vuelta.
El híbrido retiró la espada. La sangre siguió cayendo. La expresión de Klaus cambió: confusión... luego miedo.
En algún lugar, muy lejos, las brujas que habían preparado la trampa observaban en silencio. Sabían que la espada no estaba hecha para cualquiera. Estaba hecha para matar a Salen Misten, la única capaz de destruir a los originales si el destino lo hubiera permitido.
Desde aquel momento, Klaus pasó siglos buscando la manera de revertir lo irreversible, reuniendo artefactos antiguos, reliquias poderosas, lugares sagrados y objetos vinculados a la esencia de Salen. Cada hallazgo requería astucia, fuerza y sacrificio.
Y aunque la tragedia había sido consumada, la historia no había terminado. Porque incluso la muerte no podía borrar la parte del alma de Klaus que siempre sería de Salen.