JediQuill
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Esa noche no parecía diferente.
Leo solo tenía que llevar pan. Alma, como siempre, lo acompañaba.
Caminaron riéndose por las calles empedradas, empujándose el hombro, hablando de cosas sin importancia. Como cualquier otro día. Como todos los días desde que eran niños.
Hasta que llegaron a la casona.
No esperaban que Nando les gastara un broma, menos que las puertas de la casa se abrieran y absorbiera a chico.
El silencio que quedó después no fue normal. No fue incómodo. Fue... incorrecto.
Leo miró a Alma. Alma miró la puerta.
Y sin decirlo, ambos supieron lo mismo:
Tenían que entrar.
No por valentía. No por curiosidad.
Sino porque Nando estaba ahí adentro.
Y porque, a veces, el miedo importa menos que la persona que está del otro lado.
Esa fue la noche en que dejaron de escuchar historias sobre la Nahuala.
Y empezaron a formar parte de una.