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Jeon Jungkook es el artista más aclamado de su generación, pero su estudio es un cementerio. El público y la crítica idolatran sus lienzos monocromáticos, viendo en sus grises una "poesía del vacío" que no es más que el rastro de su propia parálisis. Jungkook ha tenido que mutilar su sensibilidad para poder sobrevivir, apagando cada color de su alma hasta que el mundo se volvió mudo, frío y estéril.
La tragedia no es su soledad. La tragedia es que el mundo lo premia por estar roto. Cada aplauso es un ladrillo más en la celda de su vacío; cada cuadro vendido es una confirmación de que su dolor es rentable y su felicidad, innecesaria. Se ha convertido en un prisionero de su propia fama, condenado a pintar sombras para una audiencia que se deleita con su oscuridad sin saber que, por dentro, Jungkook está gritando por un solo destello de luz.
Entonces aparece él.
Park Jimin no llega a la galería como un comprador o un crítico. Llega como alguien que sabe lo que significa usar el cuerpo para no romperse. Un bailarín que se mueve entre las pinceladas grises de Jungkook como una nota discordante, como un recordatorio de que la vida no es una escala de grises, sino una herida abierta que palpita.
Jungkook no necesita a alguien que le explique sus cuadros. Necesita a alguien que le devuelva el derecho a sentir, aunque eso signifique que el mundo deje de aplaudir para empezar a observar cómo se desangra el color por primera vez.