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𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙡 de la tarde sobre Derry siempre parecía filtrar la luz a través de una lente sucia, una neblina dorada que no lograba calentar el asfalto de Main Street. A simple vista, era el cuadro perfecto de una postal de Maine en los años sesenta: el brillo de los parachoques cromados, el aroma a césped recién cortado y el eco distante de las risas infantiles cerca del Canal. Pero en Derry, la perfección no era una virtud, sino una máscara.
Debajo de esa superficie de normalidad, el pueblo respiraba con una cadencia pesada y enferma.
Había algo en el diseño de sus calles que parecía invitar a las sombras a quedarse un poco más de lo debido. Las alcantarillas, esas bocas negras que se abrían en cada esquina, no solo tragaban el agua de lluvia; parecían observar, esperando a que un globo solitario o un barco de papel se acercara lo suficiente.