mflorenciag
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Elena creció aprendiendo a callar lo que duele. A sostener, a adaptarse, a ser lo que otros esperan de ella: perfecta. Acostumbrada a priorizar a los demás antes que a sí misma, carga en silencio emociones que todavía no sabe cómo nombrar.
Francisco se involucra en las heridas ajenas como si fueran propias, convencido de que cuidar a otros es la forma más honesta de estar en el mundo. Sensible, presente, profundamente entregado, hay en él una necesidad silenciosa de reparar lo que no causó, aunque en el proceso se pierda a sí mismo.
Cuando sus caminos se cruzan en un pequeño pueblo de España, lo que nace entre ellos es tan genuino como frágil. Se encuentran en los gestos pequeños, en la intimidad de lo cotidiano, en esa forma única de entenderse sin decir demasiado. Pero también se pierden: en lo que no saben nombrar, en lo que arrastran, en todo aquello que el amor, por sí solo, no puede resolver.