JacqueSanMartin
La conocí cuando tenía dieciséis años.
Sarocha era la mejor amiga de mi hermana mayor, Tangkwa, y desde el primer momento no pude dejar de mirarla. Había algo en su forma de reír, en su manera tranquila de observar el mundo, que me dejaba sin aire. Era mayor que yo, segura, luminosa... y completamente inalcanzable.
Con el tiempo, Sarocha se convirtió en una parte más de nuestra familia. Venía a casa con frecuencia, compartía cenas, celebraciones, días de lluvia y de sol. Para todos, era como una hija más; para mí, era algo que no podía nombrar. Ella me trataba como a una hermana pequeña, y eso, aunque me dolía, era lo más cerca que podía estar de ella.
Cuando partió a Boston por un Máster. Sentí que algo dentro de mí se rompía. No podía decir nada, no podía mostrar lo que sentía. Guardé silencio, fingí indiferencia, y aprendí a vivir con esa ausencia que me acompañó durante años.
El tiempo pasó. Yo crecí, cambié, me equivoqué, traté de olvidar. Pero el destino -o tal vez algo más fuerte- la trajo de vuelta a mi vida. Y al verla de nuevo, entendí que nada se había apagado; que todo lo que intenté esconder seguía ahí, esperándola.
Esta vez, la distancia entre nosotras era distinta. Ya no era una niña, y ella ya no podía verme como tal. La atracción fue inevitable, recíproca, y al mismo tiempo, un desafío. Tuvimos que enfrentarnos a prejuicios, al pasado, a nuestras propias dudas y culpas. Pero también descubrimos que el amor, cuando es verdadero, no se impone ni se esconde: simplemente encuentra su lugar.
Rebeca.
Esta historia se subira de viernes a domingo.