rorycidio
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Existe una deformidad del afecto que jamás fue bautizada correctamente. Las personas insistieron en llamarla amor porque desconocían una palabra capaz de describir aquello que florece cuando la admiración comienza a descomponerse. Es una alteración silenciosa; no irrumpe con violencia ni anuncia su llegada. Se instala con la delicadeza de una plegaria, aprende la respiración ajena, memoriza los gestos más insignificantes y termina convencida de que contemplar una vida durante demasiado tiempo le concede el derecho de reclamarla.
Dicen que toda obsesión nació siendo un sentimiento inocente.
Quizá sea cierto.
Pero el nombre carece de importancia cuando una voluntad termina devorando a la otra con la paciencia de aquello que nunca tuvo prisa. Porque las obsesiones verdaderamente peligrosas no gritan, no amenazan ni persiguen.
Lo verdaderamente aterrador no es el instante en que alguien comienza a amar, sino aquel en el que deja de distinguir si todavía contempla a una persona... o únicamente a la idea que construyó de ella.
Hay vínculos cuya única vocación consiste en consumir. No buscan ser correspondidos, tampoco comprendidos. Se alimentan del rechazo, de la ausencia, de la culpa y del miedo; encuentran belleza donde los demás solo encuentran ruinas, y convierten el sufrimiento en una ceremonia íntima donde la devoción termina pareciéndose demasiado a la violencia.
Algunas historias comienzan con un encuentro.
Otras comienzan mucho antes.
En el preciso instante en que alguien confunde la necesidad de ser amado con el derecho de ser correspondido.
Adaptación de la película del mismo año, con variaciones narrativas respecto al material original.
Con el consentimiento explícito del autor original, esta versión habita con su venia.
#Edición2024.