jaangdaah
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Desde pequeña le enseñaron que la vida es una línea recta: avanzar, destacar, superar, nunca detenerse.
Sus días son una colección de páginas impecables, cuadernos sin borrones y clases privadas sin descanso, todo perfecto.
Pero la perfección tiene un precio.
Y ella lo paga en silencio.
Cada noche, mientras todos duermen, siente cómo algo dentro de ella se marchita un poco más. Como si fuera un cerezo condenado a florecer bajo la sombra, sin sol, sin viento, sin libertad. Su mundo es una rutina afilada, una cinta que la aprieta hasta que respirar se vuelve un acto de valentía.
Hasta que lo conoció a él...
Un chico que parece vivir en otro ritmo, en otro idioma, en otra temperatura.
Ríe fuerte, habla sin miedo, se mueve como si no existieran cadenas. Su ego es parte de su encanto, y es orgulloso de su mismo, no le importa sacar malas notas; su humor, una chispa constante. Sabe pelear, no por violencia, sino porque aprendió que a veces uno debe defender lo poco que es suyo.
Y a diferencia de todos, él no intenta medirla. No la compara. No la exige.Él la
ve.
Ve la tensión en sus manos, la culpa en sus ojos, la tristeza escondida entre sus notas perfectas.
Y por primera vez, alguien no quiere que sea una obra terminada: quiere que sea humana.
A su lado, ella descubre que la imperfección no es una falla: es una forma de respirar.
Que el mundo no se derrumba por un error, que no necesita ser intocable para merecer cariño.
Él la acompaña en silencio cuando su mundo se vuelve gris, y la hace reír cuando creía haber olvidado cómo hacerlo. En él encuentra lo que nunca pensó tener:
un refugio tibio en mitad del invierno.
Un recordatorio de que incluso los cerezos marchitos pueden volver a levantarse si alguien les ofrece un poco de luz. Él no es su salvación.
Es simplemente la primera persona que le permite existir sin miedo.