el_prota1
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El mundo fue salvado, pero la luz resultante no fue más que el resplandor de una pira funeraria. Yuta Okkotsu emergió de la carnicería final no como un salvador, sino como un vestigio; un cuenco vacío que alguna vez contuvo algo parecido a un alma. Tras devorar la esencia de lo prohibido para alcanzar la victoria, descubrió que el triunfo es solo la forma más lenta de la derrota.
No hubo paz tras el último suspiro del Rey. La muerte, ese gran alivio nihilista que promete la nada absoluta, le cerró las puertas en la cara. En su lugar, Yuta fue condenado a la recurrencia: despertó en un reino de hielo engranajes, una arquitectura del miedo donde la existencia se negocia mediante contratos de sangre con entidades que son el reflejo de nuestras propias miserias.
En este invierno perpetuo, Yuta camina con la obsesión de ser alguien nuevo, ignorando que su propia carne es un palimpsesto de pecados masticados y promesas digeridas. Intenta convencerse de que el amor es un refugio, cuando en realidad es el parásito más voraz; una ficción necesaria para que el ganado soporte el peso del yugo antes de ser conducido al matadero.
¿Qué valor tiene el sacrificio en un universo sordo que no guarda memoria de los héroes? ¿Cuántas veces puede un hombre despojarse de su piel antes de descubrir que, debajo de la máscara, solo hay más vacío?
Los personajes no son mios les pertenecen a Gege Akutami y a Tatsuki Fujimoto respectivamente.