waveyRex
Dicen que el destino es una fuerza caprichosa.
Que no importa cuánto intentes luchar contra él, tarde o temprano te alcanza.
A veces llega como una caricia. Otras, como un puñal.
Shota Aizawa nunca creyó en esas tonterías románticas de "el destino".
Para él, la vida era una cadena de decisiones, de esfuerzos, de consecuencias inevitables.
Era frío. Práctico. Realista.
Así que cuando el universo le jugó su broma más cruel -cuando su alma reconoció en un joven de ojos verdes y sonrisa temblorosa a su compañero destinado- su primera reacción fue simple:
Negación.
Negarlo. Rechazarlo. Alejarlo.
Porque no era correcto.
Porque era peligroso.
Porque no podía, no debía, permitirse amar a alguien que debía proteger.
Creyó que, con distancia y disciplina, el lazo se debilitaría.
Que el tiempo haría lo que su fuerza de voluntad no podía.
Que Izuku Midoriya seguiría adelante, encontraría a otro, sería feliz.
Pero el alma no entiende de lógica.
Y el corazón, menos aún.
Rechazar a su mate no solo desgarró a Midoriya.
Lo destruyó a él mismo.
Día tras día, Aizawa sintió cómo algo dentro de sí se quebraba lenta, silenciosamente.
Cómo el vacío se hacía más grande. Cómo la culpa, el deseo y el miedo lo arrastraban a un abismo del que parecía no haber salida.
Hasta que entendió que estaba luchando una guerra perdida.
Hasta que decidió que, por primera vez en mucho tiempo, iba a permitirse sentir.
Esta no es una historia perfecta.
No es un cuento de hadas.
Un hombre roto aprendiendo a amar.
De un chico destinado a brillar, incluso en medio de su propio dolor.
Porque algunas bendiciones llegan disfrazadas de maldición.
Y algunos amores, aunque duelan, son simplemente inevitables