Kats_0o
Alastor no solía llevar su sortija puesta.
En el infierno, exhibir joyas era una invitación abierta al desastre. Bastaba una mano hábil, un descuido mínimo, para perder cualquier objeto de valor. Por eso, el anillo descansaba colgado de una cadena fina que llevaba bajo la ropa, oculto de miradas indiscretas, cerca del pecho. Demasiado cerca del corazón para ser casualidad.
Era lo único que había logrado recuperar de cuando aún estaba vivo.
A veces, todavía le daba coraje. No por el anillo, sino por no haberse dado cuenta antes. Por no haber notado que el imbécil de su marido no era humano. Aunque, siendo honesto consigo mismo, sabía que probablemente tampoco lo habría creído si alguien se lo hubiera dicho. Hay verdades que solo se aceptan cuando ya es demasiado tarde.
Aun así, no podía odiarlo.