alexandrzz
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Para Jenna Ortega, las decisiones nunca fueron simples palabras; fueron marcas en la piel. Un "sí" a destiempo y un "no" cargado de orgullo dictaron el curso de su historia con Emma. Una historia que no es el típico romance de adolescencia, sino un relato de supervivencia emocional entre dos almas que se amaron con una ferocidad que rozaba lo peligroso.
En aquel entonces, estar juntas era lo único que hacía la vida más ligera. Conocían sus horarios, sus canciones, sus silencios. Pero en el epicentro de esa paz, se gestaba una tormenta. No sabíamos cómo manejar tanto amor, y en el intento de salvarnos, terminamos por destruirnos. Un malentendido, una mentira a medias y el aislamiento fueron los clavos en el ataúd de lo que alguna vez fue puro. O eso creían.
Años después, el reencuentro no trae el perdón, sino una posesión visceral que provoca náuseas y una rabia que quema más que el olvido. Porque el odio no es más que dolor acumulado, y la distancia solo ha servido para confirmar una verdad aterradora: no pueden estar con nadie más.
Dicen que del fuego solo quedan restos inútiles, pero ellas son la excepción a la regla. Porque aunque el mundo las vea como ruinas, Emma y Jenna son ceniza viva: parecen apagadas, parecen olvido, pero basta un solo roce para que todo vuelva a arder.