AnnaMarquez_
Tlanextli debía morir en batalla, no convertirse en un dios; Yohuali fue criado para moldear dioses, no para arrodillarse ante un guerrero enemigo. Pero Tezcatlipoca tiene sus formas de enredar las almas.
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Tlanextli fue criado para morir en batalla, no para convertirse en un dios.
Cuando es capturado por los mexicas, le arrebatan hasta el nombre para convertirlo en el Ixiptla de Tezcatlipoca, la encarnación viviente de una deidad a la que no adora. Y sabe exactamente cómo terminará esa historia: lo vestirán como un dios, lo adorarán como a uno y al cabo de un año, le sacarán el corazón.
Y Yohuali será el encargado de prepararlo para ese momento.
Criado desde niño para servir a Tezcatlipoca, Yohuali fue modelado como el sacerdote perfecto a base de ayuno, silencio y flagelaciones extremas. Nunca ha dudado de los dioses, de los ritos ni de los límites de su fe... hasta Tlanextli.
Mientras el final del ritual se aproxima, lo que nace como resentimiento mutuo comienza a transformarse en algo mucho más peligroso: un vínculo profano entre una ofrenda destinada a morir y el sacerdote que, pese a haber sentido al hombre bajo la pintura del dios, todavía debe entregarlo a la piedra de sacrificio al terminar el año.