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Las campanas del templo siempre habían marcado el ritmo de la vida de Cecilian. Le dijeron cómo vestir, cómo rezar y cómo debía ser su futuro. Nunca le enseñaron qué hacer el día que conociera a alguien capaz de cambiarlo todo. Azazel apareció una tarde de otoño, en una biblioteca donde ninguna de las dos debía estar, con un libro prohibido entre las manos y unos ojos dorados que Cecilian jamás lograría olvidar. Lo que encontraron la una en la otra fue esperanza... Y también su condena.