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A los 16 años, Francis Wilkerson aprendió tres cosas importantes:
1. Si perforas tu nariz, tu madre toma medidas drásticas y no negociables.
2. La academia militar es peor de lo que imaginaba.
3. Y escapar es básicamente imposible.
Por suerte (o por casualidades de la vida), un cadete enorme de gesticulación facial cuestionable llamado Stanley decidió seguirlo a todas partes.
Nadie sabe por qué.
Ni siquiera Francis.
Menos Stanley.
Porque él pensó que Francis era un chico flaco que gritaba demasiado.
Y Francis le demostró qué, efectivamente, lo era.