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PRÓLOGO
Hay personas que no se van nunca del todo.
Aunque se muden, aunque armen otras vidas, aunque aprendan a decir el nombre de otra persona en voz alta sin que les tiemble la voz.
Amybeth y Holly fueron eso:
una costumbre temprana.
Un idioma propio.
Un lugar seguro cuando todavía no sabían qué significaba quedarse.
Crecieron juntas como crecen las cosas inevitables.
Después crecieron separadas, como crecen las decisiones que no se discuten pero se pagan.
Durante años se hablaron desde lejos.
Pantallas. Fotos. Felicitaciones puntuales.
Una presencia constante, cuidadosamente inofensiva.
Hasta que un día, sin planearlo, el pasado eligió un lugar preciso para volver.
Un pueblo chico.
Una escuela.
Una nena que no sabía nada de promesas rotas ni de amores que cambian de forma.
El problema nunca fue si todavía se querían.
Eso era obvio.
El problema fue descubrir que algunos amores no envejecen.
Solo esperan.