boomshellnut
Algunas miradas cruzan una habitación.
La de Jackson Frost cruzó un edificio... y prendió fuego a todo.
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Cuando Elsa se muda a su nuevo apartamento, cree que por fin tiene todo lo que necesita. El lugar es amplio, moderno, impecable. Su padre la ayudó a conseguirlo y, por primera vez, siente que empieza una vida propia en medio de la ciudad que nunca duerme.
Casi todo es perfecto.
Excepto por el enorme ventanal del salón.
Un ventanal que coincide exactamente con el de un edificio frente al suyo.
Al principio intenta ignorarlo. Evitar mirar demasiado tiempo hacia el otro lado del cristal. Pero una noche lo ve.
Un hombre.
Alto. Hermoso. Peligrosamente atractivo. Un albino de ojos azul turquesa que parecen demasiado intensos incluso a la distancia. Un completo desconocido que vive al otro lado del vacío entre edificios... y que, sin razón aparente, empieza a ocupar más espacio en su mente del que debería.
Entonces sucede.
Una noche cualquiera, mientras Elsa lo observa desde su ventana, él levanta la mirada.
Y la ve.
Jackson Frost.
Desde ese instante, algo cambia entre los dos ventanales. Algo silencioso, eléctrico... imposible de ignorar. Miradas que duran demasiado. Presencias que se esperan. Una tensión creciente que atraviesa el vidrio, la distancia y la prudencia.
Porque hay algo en Jackson que Elsa no logra descifrar.
Algo en su sonrisa.
En la forma en que siempre parece saber cuándo ella está mirando.
Y cuanto más intenta convencerse de que solo es curiosidad, más claro se vuelve algo peligroso:
Algunas miradas no son casualidad.
Algunas... son una invitación.
Y Elsa está a punto de descubrir que cruzar ese umbral puede ser tan irresistible como incendiarlo todo.