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Hace milenios, los dioses alteraron el equilibrio del mundo al fusionar la luz de sus faros celestiales. Las lunas Adamas y Rubin, antes solitarias, ahora convergen cada quinientos años bañando la tierra con una luz intensa y cegadora: el legendario Cielo Morado.
Esta luz divina es la fuente de la vida. De ella nacen los cristales mágicos que sostienen a todas las razas. Mientras los cristales azules, verdes y rojos abundan, y los negros escasean peligrosamente, el cristal púrpura es casi un mito. Contiene la magia pura de los dioses; es tan extraordinario que solo un linaje de magos y la reina de los vampiros lo poseen, mientras que los colosales gigantes apenas conservan residuos melancólicos en su sangre.
El origen de esta escasez esconde una traición divina. Como regalo de nupcias para la diosa Maregus y el dios Vulris, el panteón forjó el mayor tesoro de la creación: los 10 Ojos Morados.
Pero Maregus traicionó a su prometido con Tem, el dios del tiempo. Durante el apogeo del Cielo Morado, la diosa intentó absorber el poder de los diez ojos, pero fracasó y terminó diluyéndose solo una parte en ella. Enfurecidos, los dioses exigieron su restauración. Vulris, con el corazón roto, prefirió el exilio antes que enmendar lo que la traición había destruido. En su agonía, arrojó los restos a la tierra de los mortales. Al caer, la magia se fracturó: nacieron 10 ojos azules y 10 ojos rojos.
Hoy, dispersos en un mundo dominado por la codicia, estos fragmentos yacen ocultos entre reyes, piratas y contrabandistas. La leyenda es clara: quien logre reunir los pares y restaurar los 10 Ojos Morados originales, desatará un poder absoluto capaz de reescribir las reglas del universo.
Y en las sombras, la cacería ya ha comenzado.