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Me llamo Leah Morales. Soy, o mejor dicho era, una joven huérfana de veinte años, trabajaba en una empresa de electrónicos que acababa de ascenderme, y por supuesto, amante de los manhwas coreanos, sobre todo los de romance.
Un día conocí el manhwa coreano "Las joyas de la princesa" y jamás lo solté. Aunque, siendo sincera, la protagonista me resultaba insoportable y los hombres de ese joyero nada simpáticos (a excepción de Jade).
Lo seguí leyendo solo por Bavilo, mi personaje favorito, ese pobre incomprendido que todo el fandom odiaba. Yo, obviamente, era su abogada defensora oficial. Me la pasaba en los comentarios peleándome con medio internet para defenderlo, pero ... eran DEMASIADOS haters para mi sólita.
Ese día, después de una larguísima jornada laboral, salí del trabajo rumbo a casa justo cuando salió el último capítulo de la temporada. Obvio, lo abrí de inmediato y lo leí en segundos. Pero, como siempre, me dejó ese mal sabor de boca.
"Si estuviera en el manhwa, juro que convertiría a Bavilo en emperador."
Fue lo último que dije antes de que el camión-kun de la reencarnación decidiera cumplir mi deseo... literalmente.
Y yo que juraba que en un país tercermundista como el mío esas cosas no pasaban.