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Durante la Primera Guerra Mundial, las trincheras se convirtieron en el escenario de una existencia precaria y desoladora para millones de soldados que luchaban en el frente occidental. Estas zanjas, excavadas en el suelo y extendiéndose a lo largo de cientos de kilómetros, se convirtieron en el hogar temporal de los combatientes, quienes enfrentaban condiciones extremadamente duras y peligrosas a diario.
El entorno en las trincheras era inhóspito y desolador, con soldados viviendo en un constante estado de alerta y miedo. El barro, la humedad y la falta de higiene contribuían a la propagación de enfermedades mortales, mientras que la escasez de alimentos y la constante exposición a los elementos debilitaban la salud y el bienestar de los soldados. La presencia constante del enemigo, el temor a los ataques y la incertidumbre sobre el futuro generaban un ambiente de ansiedad y estrés permanente.