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"Los fracasos sirven para aprender y volver a levantarse, no para cometerlos de nuevo y caer ante sus pies". Es lo que todo mundo le decía a aquella chica, que con tan sólo pocos años de experiencia en la tierra, vivía su vida sin reglas y ataduras, para los demás era alguien extraña, sólo por ser diferente en la manera de pensar, actuar, sentir... Lo que una persona normal no podía hacer o eso creían ellos.
Eran épocas dónde jovencitas lucian con vestidos elegantes ante el baile real que con alegría los pueblerinos festejaban sin descansar, aquel tan inesperado baile que cada año lo hacían para presentar a sus herederos, quienes buscaban una cónyuge para tener una vida eterna junto a ella.
En aquel entonces se rumoraba que habían "brujas" las cuáles eran malas para el pueblo y que debían exterminarlas, ya que su manera de pensar o actuar no encajaba con la de los demás. Por otro lado, nadie sabía lo que estaba detrás de todo esto, eran almas inocentes que solamente amaban con el temor de algún día morir ante todo el pueblo, sólo por amarse de la manera en que el mundo lo señalaba "prohibido".
No eran personas que hacían daño, sólo seres que amaban con la libertad que ellos quisieran hacerlo como cualquier otra persona en el planeta.
Así fue como la heredera al trono, la emperatriz más importante en el pueblo era tan única ante todos y quién resaltaba por el hecho de que sus pensamientos iban más allá de creencias, sucesos, rumores o puntos de vista diferentes.
Nadie sabía la razón del hecho de que nunca la hayan visto de la mano de un hombre, los pueblerinos se cuestionaban mucho ese hecho, pero daban por hecho de que tenía una vida ocupada y que no tenía tiempo para enamorarse, hacer su vida de casada y compartir alianzas con alguien más.
Lo que no tenían en cuenta era de que la emperatriz no estaba dispuesta a enamorarse de un hombre. Sólo quería ser de una mujer a quién la amará con locura y intensidad.