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El Imperio de la Luna Creciente
La Emperatriz Hanae, Gobernante del vasto Imperio de la Luna Creciente, era conocida por su astucia política y su corazón de hielo. Su rostro, siempre inescrutable, era un espejo de la disciplina marcial de su corte. Nunca un sentimiento se le escapaba, nunca una debilidad se vislumbraba. Su harén era una colección de belleza y linaje, un accesorio de poder más que un lugar de afecto.
En los bajos fondos del palacio, entre los sirvientes que no tenían nombre más allá de su función, se encontraba Kiyoshi.
El Bailarín Vacío
Kiyoshi no tenía familia, ni historia que valiera la pena contar. Había sido vendido como esclavo a una edad temprana por sus habilidades: una gracia innata para la danza que contrastaba brutalmente con su alma. Ahora, era una pieza de entretenimiento de baja categoría, obligado a bailar en fiestas menores para nobles menores.
Era hermoso, con una piel pálida, cabello negro azabache que caía sobre sus hombros y ojos grandes y oscuros, pero vacíos. No danzaba con pasión, sino con una precisión fría y desesperada. Cada movimiento era perfecto, técnico y desprovisto de alegría. Para él, bailar era solo el medio para una vida que detestaba, una forma de evitar un castigo peor. No sentía nada; había aprendido que no sentir era la única forma de sobrevivir.
"La única forma en que puedo sobrevivir a esta vida," pensaba Kiyoshi, "es siendo tan invisible como el aire, tan silencioso como la sombra. Solo mis pies se mueven, mi corazón está quieto."