Kelly_2402
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La apuesta estaba hecha. Mientras su hermano, el antiguo Pennywise, disfrutaba de una paz doméstica inesperada -gobernando el infierno con justicia sombría y criando a sus retoños demoníacos junto a la única alma que había visto más allá de su hambre infinita-, Maturín sintió una curiosidad nueva y punzante.
Obsesionado con su propia virtud, la Tortuga estaba convencida de que podía superar a It en el terreno más inescrutable de la creación: el amor humano. Él, guiado por la luz y la paciencia de El Creador, creía comprender su mecánica sagrada. Conocía los hilos del miedo, sí, pero también los del anhelo. Con sus poderes cósmicos y su sabiduría milenaria, pensó que dirigir un corazón humano hacia su verdadero destino sería pan comido. Un susurro en el viento, un cruce de miradas oportuno, un latido sincronizado por la gracia de su voluntad.
El escenario ya no era Derry, con su claustrofobia y su memoria sangrante. Era San Francisco, una ciudad de vértigo y brumas, donde todo parecía posible y nada estaba escrito. Allí, una mujer caminaba sin saber que era el blanco de un experimento divino. Maturín, desde las profundidades serenas de su existencia, trazó el plan perfecto. Manipularía los encuentros, suavizaría las circunstancias, iluminaría el camino como un faro gentil.
Pero, mientras observaba la vida impredecible, caótica y gloriosamente libre de ella, una duda, fría como el vacío entre galaxias, comenzó a roer su certeza eterna. Por primera vez, la estabilidad infinita de la Tortuga enfrentó una pregunta que no tenía respuesta: ¿Podría la ecuación perfecta del amor, diseñada por un dios, sobrevivir al terreno salvaje e indómito de un corazón de mujer?