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El crisantemo, para Sasuke, no era una flor más; era el espejo de su alma. Cada uno de sus pétalos marchitos representaba el rechazo que sentía por sí mismo desde aquel fatídico día a los diez años. Se suponía que sería un roble imponente, un Alfa inquebrantable, pero en cambio, floreció como un delicado Omega, una contradicción hiriente para su orgullo. Este destino impuesto, esta identidad que aborrecía, se había arraigado en lo más profundo de su ser.
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto