Gabrielacubides
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una niña que nunca debió existir
El Olimpo estaba en silencio.
Los doce tronos de los dioses brillaban bajo la luz dorada del palacio, pero aquella noche no había celebración ni risas.
Había una discusión.
-Es una locura -dijo Zeus golpeando el suelo con su rayo-. Una sola niña no puede poseer los dones de todos nosotros.
-Estoy de acuerdo -añadió Poseidón-. El equilibrio del mundo podría romperse.
Frente a ellos, Atenea sostenía un pequeño bulto envuelto en mantas blancas.
Una bebé.
La niña dormía tranquilamente sin saber que los dioses discutían sobre su destino.
-Ya está hecho -respondió Atenea con firmeza-. No permitiré que le hagan daño.
Los demás dioses observaron a la recién nacida. Dentro de ella brillaban los dones del Olimpo: la sabiduría, la fuerza, la belleza, la velocidad, la luz, la caza y muchos más.
Demasiado poder para una sola persona.
Entonces Zeus se puso de pie.
-Si va a vivir, tendrá una debilidad.
Poseidón asintió.
-Cuando llegue el momento deberá elegir.
Una nube oscura cubrió el cielo del Olimpo.
-Entre mi poder y el tuyo -continuó Zeus-. Entre el rayo y el mar.
Un relámpago descendió sobre la bebé.
Al mismo tiempo, una ola de agua azul la envolvió.
Las dos energías quedaron selladas en su alma.
-No podrá conservar ambas -declaró Poseidón.
La bebé abrió los ojos por primera vez.
Un ojo brilló como el océano.
El otro como una tormenta.
Y, por un instante, todo el Olimpo tembló.
-¿Cuál será su nombre? -preguntó Apolo.
Atenea abrazó a la niña.
-Eso lo descubrirá ella misma.
Pocos minutos después, la bebé desapareció del Olimpo y fue enviada al mundo mortal.
Lejos de los dioses.
Lejos de los monstruos.
Lejos de la verdad.
Pero el destino no puede ocultarse para siempre.
Y doce años después, mientras un hijo de Poseidón descubría quién era realmente...
La Hija Suprema estaba a punto de despertar.