EddieOttinger
La llegada de Pugsley Addams al castillo no fue una decisión de Eugene, sino el cumplimiento de una deuda que mantenía con Lady Wednesday Addams. Desde el primer día, el peculiar bufón convirtió la tranquilidad de la corte en un desfile de bromas absurdas, flores que daban descargas eléctricas y ocurrencias tan torpes que solo conseguían arrancarle suspiros de resignación al joven duque.
Sin embargo, el tiempo obró de una forma que Eugene jamás habría imaginado. Poco a poco, comenzó a acostumbrarse a la constante presencia de Pugsley. Sus bromas dejaron de parecer una molestia y terminaron llenando el silencio del castillo, especialmente durante las frecuentes ausencias de sus madres, las reinas Sue y Janet. Sin advertirlo, Eugene empezó a esperar aquellas ridículas ocurrencias y a buscar al bufón con la mirada cuando no estaba cerca.
Hasta que un día, una broma tan simple como absurda logró arrancarle una risa sincera. Pugsley quedó completamente inmóvil, incapaz de creer que había conseguido hacer reír al serio duque. Apenas pudo susurrar, con una mezcla de sorpresa y ternura:
-Cara mia...
Eugene no comprendió aquellas palabras, pero desde ese instante comenzó a aceptar una verdad que aún se negaba a reconocer: el bufón que había llegado como una obligación se estaba convirtiendo, poco a poco, en alguien indispensable para su corazón.